El vecino de abajo
No puedo soportarlo más. Mi piso no está bien aislado y oigo todo lo que
sucede arriba. Estoy agotado. Cada día un nuevo suplicio. Todo empieza con el
ruido del agua cayendo en la ducha, ese sonido me reclama y me avisa de que todo
va a volver a empezar. Abre el grifo y puedo oirla caminar por toda la casa. Es
fácil saber lo que hace, después de dejar caer sus zapatos sus pasos suenan más
apagados, con pequeñas pausas. Me la imagino desnudandose poco a poco,
desordenadamente, dejando una prenda en cada sitio y deteniendose a mirarse en
los espejos: esa falda bajo la que imagino sus rotundos muslos, esa blusa que
esconde sus tesoros. Luego el sosten y sus braguitas, no sé en que orden, como
los que veo colgados en su tendal todos los días, imagino sus pechos liberados
y el dulce musgo de la entrada de su cueva.
Para cuando sus pasos llegan al baño, justo encima del mio, yo ya tengo una
erección y mi pene como una vara erguida va señalando su recorrido por el piso
de arriba. Entonces todo empeora. Las cañerías de los baños están conectados
y reproducen todos los ecos que llegan de arriba. De todos los desagües de mi
baño empiezan a escapar sus gemidos, envolviendome. Me desnudo y acaricio mi
cuerpo, sumergiendome en sus voces de placer hasta que los dos perdemos el
control. Para cuando me recupero oigo ya sus pasos alejandose hacia la puerta,
el telefono o el ordenador. Siempre es así. Luego llega su marido, de nuevo los
gemidos, y a menudo golpes en el suelo, pero esta vez ni siquiera puedo
imaginarla mía.
del vecino de Jazmín