El café de Violeta
Tadeo, frente a su computador, sonreía complacido con cara de tonto, pero no
era nada tonta la razón de su sonrisa, no. Nada tenía de tonta Violeta. A su
mente volvían las imágenes una y otra vez, de nuevo sentía como su sexo se
endurecía.
Cuando iba por la autopista no imaginó la sorpresa que se encontraría en casa
de Violeta. El solo pensó en verla y volver porque se le hacía tarde. Ella
quiso retenerlo un momento más.
- Anda, corazón pasa solo cinco minutos ¿Si?, te preparo un café, lo tomamos
juntos, me das un beso !Bien rico! y te vas.
- Bueno - aceptó Tadeo - pero solo cinco minutos.
Ella abrió la puerta, feliz de su pequeño triunfo y le indicó donde sentarse.
- Ya verás que te vas a tomar el café más delicioso de tu vida - decía
mientras se dirigía a la cocina, Tadeo fue tras ella, sin que ella lo notase.
- ¿Qué haces aquí?- le preguntó mientras abría el grifo del fregador y
lavaba los platos.
- Quiero verte mientras haces el café... - dijo él al tomarla de la cintura y
unir su cuerpo a la espalda de Violeta - ...y así aprovecho y te doy ese beso
tan rico que dijiste - y comenzó a besarle el cuello.
- Así no puede trabajar una mujer - bromeó ella - yo te prometí un café y es
eso lo que voy a hacer, si me dejas, por supuesto.
- Olvídate del café por un momento te das vuelta y me das un beso. Después te
prometo que te dejo hacer lo que tu quieras.
Se dió vuelta lentamente y ofreció sus labios para recibir el tan ansiado
beso, mientras la besaba, él buscó la suave piel debajo del pullover. Primero
la cintura y poco a poco fue subiendo hasta llegar a sus senos que acariciaba
por encima del brassier. Violeta sintió, como si se activara un interruptor
dentro de ella, no sabía si eran sus manos, o su boca, lo que la hacía gemir.
Solo sentir su mirada sobre ella era suficiente para desearlo, y lo que
entonces, estaba sucediendo la llevaba casi a la locura. En esos momentos en que
sabes que debes pensar y lo que menos deseas es hacerlo, ella decidió no pensar
en nada más y solo sentir, sentir esos labios suaves, tibios y a la vez
ardientes, que la transportaban como ninguno a un mundo mágico donde solo ellos
habitaban.
- Me gusta tocarte y sentir como en respuesta a mis caricias tu piel se eriza,
por mí y para mí - dijo Tadeo como en susurros.
- A veces me sucede que solo estoy pensando en tí y ya estoy así como ahora.
Pero, por favor no escuchas mis gritos, te estoy rogando que me beses.
- Te beso. Me tomo el café que me invitabas en el msn y parto, cariño.
Jazmín